La vergüenza de ser un caballero

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Un relato de nuestro editor Adrián Michelena, que revela una anécdota que le ocurrió en sus tiempos de estudiante de periodismo, cuando no existían los pañuelos verdes, ni celestes. Quiso ser cortés en la parada del colectivo y terminó todo en una gran confusión.

Tenía entre 18 y 20 años, mi memoria se ve que borró algunos datos por precaución. La fila de caras dormidas era larga, bien larga. Arrancaba en la puerta de Plaza Miserere y seguía 40, 50 metros hacia el fondo, como yendo para la esquina de -los restos de- Cromagnon, el boliche más trágico de la historia Argentina. Cuando me enteré que era mi turno de subir al colectivo, con el billete en mano, dejé pasar a unas mujeres que estaban detrás mío.

Quise ser cortés, por costumbre, por ingenuidad, no sé bien porqué. Esas cosas que te meten en la cabeza de chiquitito que primero las mujeres… Fue así que subió al 132 una señora y una jovencita. Hasta que un rostro algo fastidiado me dijo: “Está bien, subí vos”. Sin sonrojarme, respondí. “Subí vos, no tengo drama”. Y ahí, entre lagañas, y bocinazos, apareció la revelación. La joven dijo lo que nunca jamás hubiera pensado. “Dale subí vos, flaco, ¿Qué, me querés mirar el culo?”. Fue como una bomba de racimos, de esas que se expanden y estallan por todos lados. Las otras personas que estaban alrededor se refugiaron en un imaginario silencio, porque de seguro todas opinaron algo por dentro. El colectivo ya estaba marcha.

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