La historia oscura e irresoluta detrás de la tumba de Edgar Allan Poe

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La vida del escritor estuvo rodeada de misterios, incluso después de su muerte.

Abocó su vida a la literatura, donde dejó una huella de esplendor principalmente a través de sus poemas y cuentos de terror, que lo convirtieron en uno de los maestros de la historia del relato corto. Edgar Allan Poe fue escritor, poeta, crítico y periodista, facultades no de casualidad fundadas sobre los umbrales de una vida difícil y afligida: el abandono de su padre, la muerte de su madre poco tiempo después y la pérdida a causa de una enfermedad terminal del amor de su vida (Virginia Eliza Clemm) dan cuenta de ello. 

Bronx, Nueva York, la casa donde murió Virginia y el último hogar de Poe.

Como si inevitablemente la ficción y la realidad se unificaran bajo las condiciones del arte, la corta pero inmensurable huella que dejó Poe estuvo rodeada de misterios también fuera del espacio compuesto por la hoja y el papel. El escritor, nacido el 19 de enero de 1809, en Boston, Estados Unidos, vivió apenas 40 años, muriendo de manera terriblemente enigmática el 7 de octubre de 1849, en Baltimore, ciudad del mismo país.  

Nunca pudieron deducirse las causas de la muerte. Tras haber concretado casarse con un viejo amor, el autor de El cuervo desapareció y fue encontrado días después, para sorpresa, en estado de delirio, vagando por las calles de Baltimore (donde ya ni siquiera vivía) con ropa de otra persona. Luego de ser trasladado al Washington College Hospital, murió sin oportunidad de develar los porqués de la situación, y la causa de su defunción tampoco pudo ser acertada (perdiéndose incluso el certificado de muerte).

Una mítica versión cuenta que las últimas palabras de Poe, en el hospital, fueron: «¡Que Dios ayude a mi pobre alma!».

Pero como su fallecimiento y otras curiosidades del escritor merecen notas específicas, y no es el caso de ésta, vamos directo al asunto: lo que ocurrió luego en su tumba, a la que un misterioso visitante se encargó de acercarse durante 60 años en cada aniversario de su nacimiento. 

Desde 1949, cada 19 de enero, a horas de la madrugada: tres rosas y una botella de coñac a medias. Eso llevaba hasta el cenotafio (el monumento funerario que originariamente contuvo el cadáver de Poe, antes de ser removido algunos metros) la atemorizante figura que vestía un saco largo y negro, acompañado de un bastón de mango dorado. 

¿Qué representaban los objetos? Según algunas interpretaciones, la botella era a modo de homenaje por el natalicio de Edgar, quien era aficionado a la bebida, y las rosas significaban tres almas: la del autor, la de su amada Virginia, y la de María Clem, su suegra, a quien apreció mucho. 

Allí se podía encontrar, cada fecha, en el cementerio Westminster de Baltimore, al extraño hombre que hacía de las suyas. Por lo menos hasta 2009, año en que cesaron las visitas de seis décadas de asistencia perfecta. Nunca más volvieron a aparecer el coñac y las rosas, y la pregunta, al igual que su muerte, tampoco encontró respuestas. ¿Cuál era la identidad del sujeto? El interrogante, plagado de incertidumbre, pareciera haber salido de un relato de Poe, como también su oscuro visitante. 

Por su parte, el profesor de Literatura y presidente de la Poe Society, Alexander Rose, motivado por su fanatismo por el escritor, se involucró con el misterio en el siglo pasado y, previo a morir en 1995, apenas insinuó en público que el «amigo» de Poe podía ser más de una persona, reforzando la teoría de que la costumbre de aparecerse en la tumba durante la noche pudo habérsela trasladado a su hijo. Sin embargo, nada terminó por comprobarse.

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